
La chica abre la puerta con rudeza y algo de decepción; no está quien ella espera que esté en casa. Se quita la chaqueta de cuero y la lanza sobre el sillón, se detiene ante su abuela para saludar y vuelve al sillón de su chaqueta: se le han caído los cigarros. Imagina que huele a alcohol, a tabaco y jarana. Le besa la frente a la octogenaria. Pasa directo al baño sólo para mirarse las ojeras que le cuelgan desde hace tres días y ese pelo opaco y enredado, clara señal de desorden. Se palpa las ojeras un rato, uno muy corto, con la yema de los dedos. La chica comienza a preparar el almuerzo con desgano, intentando zafarse del mal rato.
-Hasta qué apareciste. Tu madre estaba preocupada.
Silencio.
- Yo no pensaba almorzar hasta que llegaras, si no llegabas no almorzaba. Ayer te estuve esperando hasta las tres de la tarde para almorzar.
Silencio.
- ¿Por qué no avisaste que no llegarías? Hasta las 12 te estuvimos esperando... estaba tan contenta cuando llegó porque le había traído pichanga, la que le gusta a usted.
- Sí, ya sé. Balbucea la mala. Esperando no tener más palabras de esas, las que le dan de patadas fuera de la casa, esas palabras, la que la empujan a salir los fines de semana.
-Así que no hice nada para comer, porque como no sabía si usted iba a llegar... la abuela dice eso de espalda a su nieta, mirando con el rabillo del ojo. Está atenta a una reacción. La jaranera sólo sigue aliñando su ensalada, inmutable. Piensa que le da lo mismo comer o no comer. Comer fideos, arroz, porotos o papas con mote, o tal vez carne, pescado y quesos. Le da igual.
La chica ha traído repollo morado para la comida, porque tiene hierro y, en parte, porque sabe que no le gusta a su abuela. Se siente satisfecha de esa decisión, después de toda esa coversación, se lo merece la vieja. Sabe que,después de todo, la libertad no es más que ilusión de dos días a la semana, que el hambre no es más que ilusión diaria, que el amor no es nada más que odiar con el alma.
Un poco más tarde irá por pasteles, porque lo dulce acompaña bien la once. Tal vez a su madre se le olvide la pena, el orgullo y la rabia y reemplacemos el chantaje por el manjar, o las almendras por el amor. Todo es cosa de mezclar bien las palabras. Son juegos de Freud.
2 comments:
wuuuuuuuuuuuuuu
ké buen texto
parece estar leyendo una el texto de una pelicula de cine arte (pero de las buenas)
me gustó.
printo sabremos cual será nuestro destino laboral-existencial ,ja
chau dear rayani de arabbia
hola
el otro dia lei cuando me mandaste el link..pero no alcance a terminar la lectura pk me nose k cosa me pedian en msn
si.. buen texto.. tu sabes el resto
te kero sweetty
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